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Sepultura1 

Cuando en 1982 se recogieron en la cueva de los Zorros, situada en la vertiente meridional de Punta Lucero, diversos restos humanos correspondientes tanto a individuos adultos como infantiles. Junto a algunos objetos de silex y un hacha pulimentada, se estaba recuperando el único testimonio que poseemos sobre los primeros pobladores del término municipal

Es evidente que este dato impide por si solo reconstruir de una manera continua la vida del municipio en los tiempos prehistóricos. Sin embargo, dado que los límites jurídicos son una creación muy reciente, no podremos desvincular nuestra pobre referencia del contexto general de su entorno: Las Encartaciones, puesto que los grupos prehistóricos ocupaban y explotaban un área extensa y mal definida territorialmente donde desarrollaban su actividades cinegéticas y de pastoreo.

De esta forma se puede decir que la Historia del hombre en Abanto y Ciérvana comienza en el periodo denominado Eneolítico-Bronce. Para entonces el hombre que habitaba en el País Vasco se convierte en productor. Junto a la tradicionales actividades para obtener alimentos como la caza y la recolección surge la domesticación de animales. Este paso, de una economía puramente depredadora a una de producción, tuvo que suponer un cambio importante en los sistemas de organización social. La población continuaba habitando en las cuevas, como se refleja en la cueva de Arenaza I (Galadames). Pero también debieron establecer pequeños poblados al aire libre de carácter provisional, formados por cabañas construidas con materiales perecederos, como la madera, los ramajes, el barro, etc. Entre Sopuerta y Arcentales, en el término conocida con el nombre de Ilso Betaio, existe un poblado que parece responder a las características antes descritas. Durante un periodo relativamente corto, se asiente en el mismo una comunidad que se cobijaba en sencillas construcciones. De estas no ha quedamos más evidencias que los suelos que las constituían, los hogares que protegían del frío a sus moradores y un pobre instrumental de piedra.

Sin embargo, los únicos testimonios del término hacen referencia a el modo en el que los hombres primitivos se ocupaban de sus difuntos. Estos eran depositados en cuevas naturales poco aptas para ser habitadas y se les colocaba junto a algunos escasos objetos meramente simbólicos. En este sentido deben de interpretarse los materiales de sílex y el hacha pulimentada de la cueva de los Zorros.

Como venimos diciendo, esta costumbre funeraria no es exclusiva de Abanto-Zierbena. En Muskiz, Galdames, Sopuerta, Karrantza, etc... se han documentado cuevas de estas características.

La última investigada, la de Lacilla en Sopuerta, por Dona Gil, proporcionó también una importante colección de restos óseos humanos y varias hachas pulimentadas.

Pero, en aquel tiempo, existía también otra forma de enterrar a los muertos, bajo arquitecturas funerarias (túmulos o dólmenes) en cuyo interior se depositaban al igual que en las cuevas, varios individuos. Aunque poseemos abundantes manifestaciones del fenómeno en tierras encartadas no se conoce ninguna en el Municipio.

A comienzos del I milenio a. C. el País Vasco se ve afectado por la llegada de grupos humanos portadores de una cultura más evolucionada y desarrollada que la existente por entonces en el territorio. Junto a las formas de vida pastoril y transhumante se impone, al menos en el área meridional, otra característica por el predominio de una economía mixta: ganadera y agrícola, de una estructura social jerarquizada y de nuevos conceptos y ritos que modificaron fórmulas anteriores. En esta época, aún sin abandonar los anteriores emplazamientos, algunos grupos debieron de asentarse en lugares elevados y de abruptas pendientes que fortificaban. Es el caso del recinto de Pico Moro en Galdames.

De esta forma cuando en los comienzos de la era actual el influjo romano se deja sentir en el País Vasco actúa sobre poblaciones en estadios culturales diferentes: una que continuaba apegada a formas de vida tradicionales, propias del Bronce Final, de marcado carácter pastoril y otra más avanzada y de economía agropecuaria que está escasamente representada en nuestra área. Si el impacto de la cultura romana se dejó sentir con nitidez en el sur del País Vasco continental , no podemos negar su influencia en el Norte.

Tanto las márgenes de la ría de Gernika como las Encartaciones debieron ser los dos campos de actuación en los que los romanos ensayaron su política colonial. Tal política debió estar vinculada con el desarrollo de un tráfico de cabotaje, impulsado por la explotación de los recursos naturales del área y por el deseo de los emperadores Flavios y Antoninos de extender su ámbito de influcencia a zonas marginales del Imperio. En este sentido, muy cerca de nuestro territorio fundan la colonia de Flaviobriga (Castro Urdiales) y en él se encuentran ricos filones metálicos que debieron ser explotados en la antigüedad. Plinio, historiador del siglo I d. C., hace alusión a una montaña de hierro en la región cantábrica que ha sido identificada tradicionalmente con los montes de Triano.

Sin embargo, estos intentos de aculturación parece que fracasaron, según se desprende de los testimonios de varios siglos más tarde. En el siglo IX aparece por vez primera en la documentación escrita el territorio encartado. En concreto en la Crónica de Alfonso III, redactada en torno al año 880, se nos informa que su antecesor Alfonso I repobló Carranza y Sopuerta con gentes cristianas traídas tras sus campañas de devastación en el Valle del Duero. Posteriormente, en torno al año 1000 encontramos a una población próxima a formas de vida prehistórica que vive del aprovechamiento de los recursos del bosque y de la ganadería trashumante, explotando dominios mal definidos territorialmente.

Los distintos grupos que ocupaban el área tenían como punto de referencia obligado determinadas iglesias que, a partir del siglo XI, serán las construcciones que destacaban en el paisaje vizcaíno. Las primeras de las que tenemos noticias en la zona son las de Santa María de Pobeña (Muskiz). San Jorge de Santurtzi y La Cerrada de Ranes (Zierbena). Mientras que las dos primeras se han mantenido en servicio hasta la actualidad, la última desapareció ya hace muchos siglos. Sin embargo, ninguna se conserva íntegramente; las conocemos por la existencia de restos menores y por la información que proporcionaron los trabajos arqueológicos realizados en Ranes. En general se puede considerar que los primeros templos fueron de tamaño reducido, aunque suficiente para dar cobijo y prestar asistencia a los fieles. Respondían a un modelo común donde los rasgos más destacables eran la sencillez, la concepción simple del espacio y los volúmenes reducidos. Para su construcción se emplearon los materiales que el medio proporcionaba: piedra y madera .

Hacha pulimentada de la cueva de los Zorros